desde este momento, no más hermanitos

julio tomás martinez- el secreto de la maldad

Querido pueblo peruano

Publicado: 2018-04-21


- “¡No puede ser que suelten a este terruco de mierda! ¡Asesino maldito! ¿Después de lo que hizo encima hay que pagarle para que lo cuiden? ¡Yo le meto un plomazo…!

- Pero ya cumplió su condena pues, así es la democracia.

- ¡Chá que eres bien sano, ah! ¡Para que vas a creer en la democracia oe! Esa vaina solo sirve para que los corruptos de siempre se llenen los bolsillos, para que los caviares vivan mejor que todos nosotros y los demás estemos jodidos como siempre. ¡La solución es que alguien con pantalones imponga la pena de muerte para los terrucos, los corruptos y los maricones que han destruido al país carajo! ¿Para qué tanta vaina?”

Ésa, es la reproducción literal de una breve conversación en un puesto de periódicos, así es como reacciona la gente ante el manejo mediático de ciertos hechos. Una pequeña muestra de un sentido común fascistoide que es cultivado y alentado por la derecha y sus medios de comunicación. Pero no vamos a hablar esta vez de la corrupta “república empresarial” ni de sus voceros políticos o mediáticos. Hablemos de aquel sector social que los apoya y que asimiló el veneno de la violencia y el cinismo.

ASÍ SOMOS

Veinte años de intensivo neoliberalismo han redefinido los lazos sociales, las valoraciones éticas y los modos de convivencia. Viejas taras y prejuicios como el autoritarismo, el machismo, el racismo y el clasismo, se articularon a formas complejas y violentas del nuevo sistema. En la lucha por sobrevivir producto de la precariedad del trabajo la población se auto explota, se normaliza la competencia desigual, y ésta a su vez, normaliza la “viveza” y la corrupción. ¿Cómo asumen los ciudadanos la corrupción en las altas esferas del poder? Ya no con indignación, tampoco con resignación, esos sentimientos están desfasados. Hoy el clima de la corrupción es visto como una oportunidad, todo vale, pues desde “arriba” están emitiendo ese mensaje. Entonces, las mayorías concluyen: “Ellos se llevan todo. Yo también quiero la mía”.

Un gran sector de la población elige candidaturas cuestionadas a sabiendas de su prontuario y de su falta de capacidad porque, en el fondo, se ven reflejados en ellos. El país es asaltado por los “lumpenpolíticos” con la complicidad de gentes de todos los estratos sociales que buscan atajos para lograr bienestar. Masas dispuestas al clientelaje porque están totalmente desprotegidas y sin derechos. Empresarios de toda forma y tamaño que buscan contratar perpetuamente con el Estado, medios que venden su línea editorial, iglesias que quieren los mismos privilegios que tiene la Iglesia católica y un largo abanico de zancudos dispuestos a todo, grafican muy bien el proceso de envilecimiento moral y cultural. Ese es el espíritu de esta democracia.

¿Puede haber una democracia sin ciudadanos? Pertinente la pregunta de Victoria Camps al observar que somos individuos que ejercen rituales cívicos, como votar, pero que no necesariamente somos libres y mucho menos una comunidad republicana. La democracia es sobre todo una cultura y un conjunto de valores, en disputa ideológica, además. No se la puede reducir a 4 instituciones y menos a la capacidad de consumir, pues un país requiere tener una vida democrática, es decir, estilos y normas de convivencia democráticos para resolver sus conflictos y diferencias. Esa es la única manera de derrotar a posiciones que se quisieron imponer con el terror y la violencia, pero también hay que derrotar a la otra cara de la moneda, a posiciones que se impusieron con un golpe de Estado instaurando un sistema corrupto.

Sin embargo, según IPSOS durante el autogolpe de Fujimori, el 71% estuvo de acuerdo con el Cierre del Congreso y más de 80% con la toma del Poder Judicial. ¿Qué tanto han cambiado esas mayorías? Hoy más del 87% está de acuerdo con la pena de muerte, muchos se suman y celebran el clima de linchamiento que promueven los medios con los acusados de violación o con los sentenciados por terrorismo que cumplieron sus condenas. La necesidad de construir monstruos, de despojarlos de su humanidad es también una forma que tiene la sociedad de deshacerse de la responsabilidad de no haber podido resolver viejos conflictos y depositar en ellos todo el odio que nos provoca recordar que tenemos asuntos pendientes con nosotros mismos. ¿Es que acaso no tenemos ninguna responsabilidad social en el incubamiento de la violencia sexual o de la violencia terrorista?

ADIAFOROCRACIA

Según la encuesta Cultura Política de la Democracia en Perú y en las Américas, 2016/2017, realizada por Julio C. Carrión, Patricia Zárate entre otros investigadores para el Barómetro de las Américas, solo el 52.7% de los peruanos apoyan la democracia. Y en 2017 el Perú alcanzó su porcentaje más bajo de confianza en la democracia con 43. 9%. Ubicándonos en el puesto 22 de los 29 países donde se aplicó la encuesta.

Respecto al nivel de tolerancia política estamos penúltimos, muy por debajo de Venezuela, Nicaragua, Bolivia incluso México. Siendo el derecho a protestar uno de los indicadores que más rechazo provocó a los encuestados. O sea, recontra intolerantes.

Aquí la democracia no es la expresión jurídica de una cultura democrática, pues la sociedad peruana no es democrática ni moderna, no está reconciliada con su violenta historia, su Constitución no emana de amplios consensos y mantenemos, en mucho, las taras de una sociedad estamental y colonial. En el Perú la democracia es una epidérmica capa jurídico-legal que encubre un complejo aparato orientado a favorecer lobbies, “negociazos y faenones” de poderosos conglomerados económicos, legales e ilegales, y cada vez se diluye más esa distinción, pues hemos llegado al extremo de legalizar lo que antes eran delitos y santificar las injusticias.

Tecnócratas y políticos neoliberales son los operadores que aceitan esta máquina corrupta, que para funcionar necesita no solo recursos, sino, corromper al resto de la sociedad. Carecen de total empatía por el pueblo y no son capaces de reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones para millones de personas y familias. “Adiáfora” le llamó el gran Zigmunt Bauman a esa desafección e indiferencia moral por el dolor humano que sienten los “decididores”, sean políticos, funcionarios o empresarios.

Le dicen “libertad de expresión” a la orden de soltar paparruchadas y ofensas de grueso calibre por la radio y la televisión con absoluta impunidad. “Libertad de empresa” a los monopolios y otras formas corruptas de sacarle la vuelta a las leyes y “astucia política” a la corrupción y al delito impune de algunos venerables mandamases que ordenan cerrar el espectro político para ser ellos la única opción y capturar de nuevo el botín del Estado.

Somos una democracia en la que los crímenes contra líderes indígenas quedan impunes, en la que el machismo se victimiza cuando le enrostran cifras de espanto por ser el país más violador de la región. Una democracia en la que la “prisión preventiva” es una espada de Damocles sobre la cabeza de todo aquel que represente un peligro para el statu quo corrupto mientras el cinismo generalizado es acicateado por la televisión basura.

Podrán decir lo que quieran a través de sus bocinas ideológicas, pero no somos una sociedad democrática. Aún.


Escrito por

Jorge Millones

Trovador y productor. Aficionado a la filosofía y las ciencias sociales.


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