¡que sigan trabajando!

Querido y viejo libro

Publicado: 2018-03-04



Tiene 6 años y está heredando de su hermano mayor un lote de libros que le servirán. No hay nada más lindo que heredar libros, darlos y recibirlos. Mi hijo mayor le entrega a su hermanita los libros que alguna vez le compré o le dieron en herencia. Entre ellos algunos que yo mismo recibí de mis padres. Algo de ritual de pasaje hay en esto, mientras recibe los libros con los ojos enormes, también borramos con mucha tristeza de las paredes de su cuarto un sinfín de “murales y arte rupestre” que ella estuvo pintando durante cinco años.

“Ya creció” nos repetimos, y entre la herencia de libros y la borrada de la pared, se van cinco años de infancia, de magia, de cuentos, de fantasía que sabemos nunca más regresarán.

Seis años tuve alguna vez y aún estaba aprendiendo a leer cuando mi padre me regaló un diccionario: “cuídalo, será tu maestro siempre”. Me impactó tanto lo que me dijo que aún lo conservo. Me critica mi familia porque acumulo libros, recortes, suplementos periodísticos del año de Ñangué, de la época en la que conseguir información era una tarea titánica.

Recuerdo mi primera enciclopedia, mi primer cuento, mi primera novela, mis libros de texto, los libros de lectura escolares ilustrados por Edna. Cuando la información era un privilegio y acceder a los libros un lujo de muy pocos.

Recuerdo a los libreros de la Avenida Grau, de Quilca, de San Marcos. Aún conservo una biblioteca de fotocopias que debo heredar, no sé si alguien las necesite hoy, pero esas fotocopias me salvaron la vida en la universidad y buena plata y sacrificios me costaron.

En la era de la electronalidad, bajo el imperio digital de Google el problema ya no es conseguir información, sino formarse bien para aquilatar la información. Pero en la era del libro la información tenía una textura, un olor, un momento, un abrazo, un recuerdo y podía ser una herencia.

Mi enciclopedia favorita le costó 6 meses de deudas a mi madre, ahora mi hijo mayor no la necesita, me dice “Ya no las necesito pá, es una lástima, ahora todo está en Google”, inevitablemente siento como una rara melancolía, tanto esfuerzo de mi vieja para que ahora todo esté en Google.

Pero hay cosas que no están en Google. La información no me llegó en abstracto, recuerdo claramente cómo llegó a mí el poco conocimiento que tengo. El álgebra de Baldor gracias a mi tío Alberto, mi pasión por la mitología y la segunda guerra mundial gracias a las enciclopedias de mi vecino, la psicología gracias al profe Gerardo Choque, mis horas con Cortázar y Allan Poe en la copa de un árbol con mi amigo Martín, gracias al árbol. La filosofía gracias a Zenón y mis profesores, Maquiavello gracias a mi amigo Hernán, Borges y Vallejo gracias a mi amigo Lucho Arbaiza y nuestras largas lecturas, Galeano con Juan Carlos, Benjamín gracias a mi maestra Antonieta y cada cosa que recuerdo de un libro tiene un rostro y una voz. Eso no se googlea y no me lo quita nadie.

Hoy que mi familia atraviesa el ritual de los libros y de borrar los dibujos de las paredes, recuerdo cuando los recibí y era un loco que creía que los gigantes solían salir en las noches de sus escondites debajo de la tierra y ahí estaban mis libros para corroborármelo.

Es una lástima que a los seis años se nos diga que todo lo anterior ya fue, que la etapa escolar cancela la fantasía, que ya no se puede pintar las paredes y que todo está en Google. Pero en medio de esa avalancha me da alegría y tranquilidad que mis hijos se emocionen por los libros, que se los hereden como una cosa preciada porque sé que en este momento la información para ellos también tendrá olores y afectos, que aprenderán con afecto y asombro. Porque los libros no son una “cosa” solamente, son sobre todo memoria, esa que nos sobrevive y se vuelven rituales de la inmortalidad.


Escrito por

Jorge Millones

Trovador y productor. Aficionado a la filosofía y las ciencias sociales.


Publicado en

Cascabel: Textos, imágenes y sonidos para el cambio.

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