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ESCUDEROS SIN QUIJOTE

Publicado: 2018-02-09

Los líderes políticos han tenido siempre un defensor, alguien que salga a responder los ataques de los rivales, los cuestionamientos de la prensa y convierta en positivo todo lo negativo de sus exabruptos o “patinadas”. Este papel de “ayayero” profesional recae por lo general en el “delfín del partido”, el “sucesor del jefe”, en el “joven líder carismático”, o simplemente, en quien mejor “labia” tenga y ganas de pelearse con medio mundo. 

El patético papel de estos “defensores” del jefe fue caricaturizado bien por el desaparecido Augusto Polo Campos con su personaje “Piquichón”. Un leguleyo lambiscón con vocación de felpudo que era el “ayayero” y la “portátil” de ese otro personaje de la comicidad llamado “Camotillo, el tinterillo”, interpretado por el gran Tulio Loza. Y si de felpudos se trata, ahí está “Felpudini”, el “mil-oficios” de “El Jefecito”, aquel famoso sketch ochentero de Risas y Salsa, que graficaba muy bien la perversa relación entre un jefe y su subordinado, además, subordinado en todo el sentido de la palabra.

En el fondo, el “ayayero” tiene una secreta envidia hacia su jefe. Mira con codicia su poder, su cargo, su fortuna, su pareja y su suerte. Por ello, muchas veces en las grandes conspiraciones quien da la puñalada mortal al tiranuelo de turno es el pérfido “ayayero”; la traición viene de donde menos lo espera: del felpudo.

Reservada para la nobleza francesa a partir del siglo XIV, el “delfín” de Francia era el apelativo con el que se conocía al príncipe heredero o alguien muy importante en la sucesión de un cargo nobiliario. Se aplicó, además, por extensión al hijo único de una familia y al sucesor de un cargo importante. Más tarde, en la política moderna se usó para designar a una persona de confianza que un político u otra persona importante elige o apoya para que le suceda.

CAMOTILLO Y PIQUICHÓN

EL MORBO ES SU DIVISA

Por lo general el delfín suele ser el defensor del cargo o gestión de determinada autoridad y gracias a su liderazgo y ascendencia sobre la opinión pública logra traducir los mensajes de una autoridad. Pero en esta perversa “relación edípica” en que vive nuestra política local, la nobleza del delfín ha desaparecido por completo. Si apenas los nuevos “piquichones” llegan a matones con verborrea.

En nuestra cada vez más degradada aldea política se ha institucionalizado este rol de “escudero político”. Y hay que tener vocación de “Sancho Panza” para realmente defender al líder del partido (que para nada es un Quijote) o al Presidente. Ya sea un premier, un congresista, un ministro o sobre quien recaiga la vocería, el destino de ese rol, tarde o temprano, es la inmolación.

Durante el fujimorato el dictador prescindió del “sanchopancismo” porque no necesitaba algo así, con la prensa comprada y el siniestro Montesinos manejando los hilos del poder, casi nadie se atrevía a cuestionar nada. Fue inmediatamente después que los molinos de viento cobraron vida; en plena democracia los medios y algunos “periodistas” se comportaron como si extrañaran las épocas de la salita del SIN. Se expectoró de la televisión y la radio a los mejores periodistas y comenzó a ejercerse el oficio de informar “sicariamente”. Desestabilizar y provocar ingobernabilidad era (y es) bien visto en la prensa, la frivolidad que se derrama revela que no existe ningún “afán fiscalizador”.

RECORDADO FEPULDINI

“GLORIA A FELPUDINI”

El poder dilapidatorio de los medios y una malentendida libertad de expresión, han contribuido grandemente a que hayan proliferado en estos años de postfujimorismo, “escuderos” y “ayayeros” políticos. Y fue el gobierno de Alejandro Toledo el más prolífico. El rol agresivo de la primera dama saliendo a defender al “cholo sano y sagrado” de cualquier cuestionamiento, o aquel engolado “chauchiller” que apenas si se hacía entender y finalmente, el ex Premier conocido como el “traductor” del Presidente. Todos ellos, se inmolaron, el fin del gobierno de la chacana, también fue el final de sus aspiraciones políticas.

La lección estaba aprendida, si quieres gobernar o hacer política, si no quieres chamuscarte, necesitas un buen pararrayos. Sabiendo esto, el naciente nacionalismo del Humala de polo rojo lanzó a un “panzer” al ruedo, un aspirante a congresista que insultaba, cuadraba a la prensa y disparaba ráfagas de palabras altisonantes apodado “Lisuratás”. Nuevo estilo de escudero a la altura de la agresiva prensa que defendía (y defiende) el modelo económico fujimorista. Pues, la ecuación va así: a más agresividad de la prensa, igual agresividad del escudero político.

El segundo gobierno de Alan García recibió el apoyo de esa prensa, pues representaba el “cambio responsable” y efectivamente, nada cambió. Los cuestionamientos y críticas venían más de sus adversarios políticos en el Congreso que de la prensa. Por eso, correspondía que los escuderos fueran parlamentarios y no ministros.

Dos de los más conspicuos congresistas apristas se han repartido hasta hoy el rol de defensores de García dejando atrás al ya pálido Jorge Del Castillo. Cuando hay que salir a gritar, adjetivar, insinuar, gritar lisuras y mentar la madre en Comisiones y hasta en el hemiciclo, han estado presentes y jugado bien su papel.

Quien no tuvo pasta de pararrayos, pero aprendió muy rápido fue la ex congresista y ex ministra nacionalista Ana Jara. Defensora de la “pareja presidencial” (“chapa” con la que Alan García sepultó al gobierno de Humala) Jara, muy correcta en sus modos siempre, también se inmoló hasta su censura en marzo del 2015. Porque todos los pararrayos políticos tienen fecha de caducidad.

¿AVENGERS O MUTANTES?

El nuevo fujimorismo ha “elevado la valla” al fusionar al agresivo troll con el clásico “ayayero”. En esta insufrible era de la Posverdad en donde mentir, trucar fotos, enlodar honras con absoluta impunidad se ha convertido en una especialidad digna de un sicario, parapetados detrás de un “inmunidad parlamentaria” vemos cómo se despachan en redes y frente a los medios “terruqueando” a quien no piense como ellos. Héctor Becerril es el epítome, la síntesis de ese “estilo político”.

En el alicaído gobierno de PPK todas las crisis se han acelerado, se le han ido congresistas y ministros, ni la prensa neoliberal puede protegerlo porque son demasiadas las pruebas que dejan al descubierto las chanchadas de la corrupta “república empresarial”. Los escándalos del caso Odebrecht y el papel que jugaron PPK, los empresarios del “club de la construcción” entre otros rufianes de cuello y corbata hace muy difícil que alguien quiera jugar el rol de “fusible político” para este periodo. Sin embargo, el buen Juan Sheput ha asumido el reto. Ya sabemos cómo acabará.

FUENTE: diariouno.pe


Escrito por

Jorge Millones

Trovador y productor. Aficionado a la filosofía y las ciencias sociales.


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