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LOS CHOLOS, SUS PICOS Y SU CUARTO ELEMENTO

Publicado: 2017-11-29


En un mundo regido por la velocidad, por el culto enfermizo a la “juventud” y la constante “renovación” (que no es otra cosa que la espectacular producción de desechos para el consumo exacerbado), ordenado para el dolor y el cálculo, mirar con calma, paciencia y asombro hacia la tradición y dentro de ella, hacia los picos más rebeldes de la tradición popular, no sólo es ir contra la corriente, es una provocación, una herejía, es clavar una bandera y decir “un momentito, aquí estamos”, y toda esa ola de desechos se ve obligada a parar y amontonarse dejando en evidencia que son sólo basura edulcorada. Porque al decir “aquí estamos” pidiendo un momento necesario, una pausa para poder ser, es como si un hacker le metiera un virus al sistema, todo se detiene y colapsa. Y es que ya sabemos para qué sirve la velocidad en este mundo: para que no veamos su verdadera y terrible cara, para no ver además, nuestra real y penosa situación.

Y sin embargo, hay gente que se atreve a poner banderas en estos precarios territorios de la omnívora velocidad. Esa bandera yo la he visto flamear en las manos y las voces del grupo de canto tradicional peruano Los Cholos. Y es que los Cholos son como aquellos Ukukus que van a los nevados del Señor de Qoylloriti, van de pico en pico, por las alturas. Su repertorio está armado por canciones de verdaderos picos musicales, culturales y rebeldes del cancionero popular del Perú. Picos que muchos de nosotros, aprendices de cantor, miramos desde abajo soñando algún día llegar en peregrinaje al alma de esos picos musicales y que se nos pegue su magia.

Uno de los picos más rebeldes de la tradición popular del Perú en la costa es el maestro Manuel Acosta Ojeda. Amigo, hermano y compañero de muchas y de muchos, padre de nuestra música, comunista, creador, militante y memoria viva del Perú, y por eso mismo, es escamoteada su obra, su herencia, sus señales. Pero cuando estas injusticias ocurren, siempre aparecen gentes como Los Cholos para tomar la posta, para seguir flameando, para hacer justicia; porque la justicia de los pueblos se hace en la historia, en la memoria, en las canciones, que son una breve y dulce forma de la memoria. Y es que Los Cholos se han ordenado caballeros del canto con el maestro Manuel, él les ha dado el espaldarazo. Por eso, es que las canciones de Manuel Acosta Ojeda no sólo son interpretadas por Los Cholos, sino que son disparadas; cuando Los Cholos cantan, las canciones son piezas de artillería y ¡ay de aquel que ande por allí!

Mariátegui, el único, solía decir que la tradición es heterodoxa, que las renovaciones de verdad se hacen poniendo la tradición adelante y no atrás como suele hacer la racionalidad moderna que ubica la tradición en el pasado, ésa actitud mariateguiana es la que tienen Los Cholos respecto a la canción. Hacen investigación a conciencia, como los antiguos mineros de socavón, buscado no sólo en los registros, en la academia o en la “palabra autorizada”, sino también, en los pueblos, en los ancianos, en los cuentos que duermen en picanterías, chicherías y bares, en la historia oral que despierta cuando se pone bien un acorde. Y si la tradición no fuera heterodoxa, sería dogma, se autodestruiría, si la tradición no se recreara, sería un aburrido museo, un canto disecado, un maniquí con marquesina, una estampa para los bostezos de los niños.

Los Cholos han logrado que la tradición rejuvenezca y eso los vuelve nuevos inmediatamente frete al ojo de esta veloz modernidad desbocada. Porque no han escogido los fósiles para hacer su repertorio, ése es trabajo para otros, han escogido la vocación del Ukuko, taparse la cara y dejar de ser ellos para que a través de ellos, canten, bailen y celebren la vida los espíritus que moran en las canciones. Han escogido peregrinar hacia los picos, hacia las mejores y los mejores compositores de nuestra patria, es decir, de lo que es nuestro patrimonio colectivo, lo que poseemos aún. Y aún poseemos las canciones, lo demás está por recuperar.

Asistir a una presentación de Los Cholos es ser testigo de tres envidiables dimensiones de la música que ellos logran activar: el retorno de la tradición rebelde y tierna, como ya dijimos; el despliegue de la belleza artística, musicalmente lograda, madura y añejada por la amistad y horas de ensayo vital, uno sabe que al aplaudir, aplaude horas eternas de trabajo bien hecho. Y finalmente, una magia que circula, discurre entre los tres y se contagia al público, un cuarto integrante de Los Cholos que hace que dancen a su alrededor los saqras y duendes invisibles. Henry, Gomer y Ricardo son algo así como el antónimo del Triángulo de las Bermudas, uno no se pierde en ese triángulo, se llega a encontrar con uno mismo y con muchos más. Son un “tinkuy”.

Henry Guevara es el fuego, arde su potente voz para hacer volar en pedazos la infame realidad, arde también afilada y tierna para cortar el silencio como un cabello en en una afilada hoja, cuando los susurros del amor le exigen el cantor un requiebre, un vibrato, un falsete. Fuego de la memoria cuando se hace eco del soplo divino de nuestros apus que enseñaron al hombre andino a componer belleza con los cuernos del ganado para ser wakrapuku, con las conchas que regala el océano para ser pututos, con las quenas y quenachos con los que el viento llama a la tierra.

Con su voz y con su guitarra, Gomer Valverde es la tierra. Canta como si la tierra cantara, honda y dulcemente. Y es que el fuego sólo arde con los frutos de la tierra y Gomer, es esa base por donde caminan, bailan, ríen, lloran, se emborrachan y celebran las melodías, las armonías, las voces, las historias, los espíritus que viven en las canciones. Y el romance que Gomer tiene con esa curvilínea de seis cuerdas que llegó de España es una canción aparte. Precisa, sabrosa y dura para el bordón negro del Perú, no necesita guapeos, solita se jaranea; melancólica, coqueta y sutil para el rasgueo andino, chacatín chacatán, matada de palmada, pulgar al bajo, índice hacia arriba ¡qué decir!, ése es Gomer.

Y el viento, aquel ensimismado que con su melena puede apagar la vela o encender la pradera, necesita siempre el equilibrio, la prestidigitación de un mago, la finura y paciencia de un relojero. Ése, es Ricardo García. Lo hemos visto siempre metiéndose poco a poco dentro del charango, un día, será él mismo un charango. Cirujano para los arpegios, uñas de oro para los rasgueos, en tempo de fiesta, o melancolía pura. El charango en manos de Ricardo, cerquita del corazón como diría Chalena Vásquez (otro pico rebelde), es un espectáculo de magia, de hechicera habilidad para domar al viento. Se da el lujo de abrazarle, acariciarle, peinarlo y hacerle trenzas, sin miedo pero muy concentrado. Valentía de domador, charanguista consumado, sabe que en su caso los errores son fatales, sobre todo cuando ejecuta los solos, cuando deja salir la parte más dulce y peligrosa del viento en un charango, es cuando se ve de qué está hecho semejante caballero. Ricardo García, caballero del charango.

Tres caballeros por donde discurre el agua, las aguas de la vida. Y como la vida juega a esconderse y a mostrarse, es el cuarto elemento el agua. No se ve, no canta, pero canta, no toca, pero toca, no se ve, pero moja, llueve, sueña, cae, sube, se subleva en Cajamarca, se hace extrañar en la costa, se despierta en los picos blancos de la sierra, corre como loca en el Amazonas, protesta en las calles de Lima, el agua nos hace hermanos, hermanas, amigos, cómplices, la compartimos y somos compañeros. El agua es también chola, integra un trío llamado Los Cholos, pero juega a esconderse. Por eso siempre está presente, como los amigos que se fueron, y a la vez están.

¡Salud!

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* Falta aquí el cuarto Cholo Vasili Goytizolo que se integró muy posteriormente a la presente nota...

En deuda con él, pronto actualizaremos este breve retrato incluyendo a nuestro gran músico y amigo.




Escrito por

Jorge Millones

Trovador y productor. Aficionado a la filosofía y las ciencias sociales.


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